Exposiciones Temporales de Enero a Marzo, en Mérida en el MACAY
Fechas:
De Lunes a Domingo (Excepto Martes)
Horarios:
Lunes, Miércoles, Jueves y Domingo de 10:00 a.m. a 6:00 p.m.
Viernes y Sábados de 10:00 a.m. a 8:00 p.m.
Lugar:
Museo de Arte Contemporáneo Ateneo de Yucatán MACAY
Dirección:
Calle 60 x 63 y 61-A, Centro Histórico, Mérida, Yucatán.
Boletos:
Entrada libre.
TESTIMONIOS Y DESPLIEGUES Sala 1
LA FASCINANTE COMPLEJIDAD DEL ORDEN Y EL CAOS

De reconocida trayectoria como escultor en papel, en su tendencia geometrista, el artista danés-mexicanoPalle Seiersen Frost, desde hace años radicado en México, autor de piezas en pequeño formato, caracterizadas por su precisa belleza e inherente monumentalidad, inaugura la muestraTestimonios y despliegues, una novedosa vuelta de tuerca en su labor –e interesante por diversos motivos– de su vasta carrera plástica.
Aunque el papel continúa siendo su materia prima predilecta, Frost ha elegido la bidimensionalidad en estas obras y, por vez primera, la utilización de un portentoso papel japonés denominado kinwashi, el cual luce en su interno entramado una opulenta manifestación de figuras y trazos cuya riqueza, toda proporción guardada, no dudamos en considerar barroca.Por las innumerables formas que conllevan diversos planos, aristas, relevancias, profundidades, perspectivas, horadaciones y demás, y de una abundancia casi apabullante, a primera vista, este escultor deja la impresión de constituir un caos que, en una observación más atenta y pronunciada, revela un innegable y fascinante orden interno, el cual resulta, pese a su evidente presencia bidimensional, de una tridimensionalidad indiscutible, si bien ésta pertenece a un ámbito virtual.
Tales cualidades de la obra de Frost nos llevan inevitablemente a proponer un parangón con esa estructura básica de complicada simetría que se encuentra inmersa en la naturaleza, el fractal, del latín fractus, quebrado o fracturado, término propuesto en 1975 por Benoît Mandelbrot, ya profundamente inserto en el vocabulario global contemporáneo, tanto de las ciencias como de las artes.Y es que la comparación surge de manera inmediata si recordamos que el fractal se distingue, entre otras cosas, por ser: a) demasiado irregular para ser descrito en términos tradicionales, euclidianos; b) posee detalles múltiples a cualquier escala, y c) es autosimilar, exacta, aproximada o estadísticamente.
Siguiendo a Ernst Cassirer, quien advierte que “no podemos comprender una obra de arte sin, en cierto grado, repetir y reconstruir el proceso que le ha dado vida”, por ello supongamos e imaginemos que el artista danés-mexicano, al empezar su proceso creativo, comprime y estruja literalmente de modo manual cada pliego de papel kinwashi, convocando así la participación consciente del azar y la casualidad, aunque sepa, como dice el poeta francés Mallarmé, que “un golpe de dados no abolirá el azar”.Luego, se dedica a darles color o pigmentarlo, con paleta tonal de segura y armónica factura: azules, verdes y morados o, asimismo, plasmarlo tan sólo en blanco y negro, acabado de su muy particular gusto e inclinación.
Después, el artista despliega y alisa con agua y plancha las múltiples arrugas resultantes de la anterior acción.Para concluir, monta el papel en una especie de marco o porta obras de arte que se inspira en un adminículo del mismo uso de origen japonés, llamado Kakemono, de rectangular conformación, como las estelas prehispánicas, salvo que en el presente caso el peculiar Kakemono de Palle Seiersen Frost no está adosado a un muro, como es habitual en el país del sol naciente, sino que, por la materia traslúcida del papel kinwashi,permite su contemplación o lectura por ambos lados de su estructura bidimensional.O, para decirlo en palabras del flamante expositor, se trata “de aplastar el papel para crear un caos, pero lo que surgió fue un orden nuevo, con posibilidades diferentes”.
Dra. Lily Kassner
NIÑOS DEL CAMINO Sala 2

Más allá de la observación con simpatía de los juegos de la infancia, hay una brumosa nostalgia interior que se decanta en el poder de la evocación, la memoria, la ilusión por lo ido. Imaginación rediviva, ansia por lo perdido, sueño inasible. “Dime, niño, ¿de quién eres?”, dice un villancico tradicional. ¿Y estos niños de quién serán? Son de todos y de nadie; son del aire y del mar, del amanecer y de la noche; son los niños… del camino. Y ellos sí que tienen para sí aquel trompo y aquel balero, y esa parvada de avioncitos de papel, y ese cardumen de barquitos doblados a mano que, desde el astillero de sus dedos, liberan sobre las aguas del doméstico océano que se abre a sus pies.
La albarrada cómplice despliega su escenografía para el juego. El cielo toma con la punta de sus dedos los papagayos y, uno a uno, los prende en la orilla de su capa; la niña-crisálida gira entre sus manos una cuerda y, en metamorfosis saltarina, se trasmuta en mariposa… Vuela la kimbomba como rayo; vuela el niño con los pies en el aire y la chácara pintada bajo sus suelas, y los iguanos testigos viajan en bicicleta o migran al espacio en un columpio vespertino.
Para invocar este panorama, la pintura de Miguel Cimé parece transparentarse desde el lienzo. El color abriga al dibujo, y se ilumina como a través de un tamiz de sutiles vibraciones. Es decir, el color se insinúa.
En las fuentes en las que se ha nutrido el pintor, parecen asomarse el simbolismo y el futurismo. El primero convoca a la interpretación, la imaginación y los ambientes oníricos; el otro, a la visualidad imparable del movimiento. Ambas corrientes, asociadas al aspecto humano de Miguel Cimé, se reinventan y se aproximan al ya de por sí tan simbólico y fantástico mundo infantil, en el ingenuo y agreste entorno rural, como un encuentro idealizado o el sueño de algunos artistas que buscaron afanosos el encuentro de la candidez y lo espontáneo.
Con estos Niños del camino, sin afán de rescatar la tradición, Miguel Ángel Cimé parece develar el universo de los niños, las luciérnagas y el paisaje, y los juegos de canicas y lasrondas. Un día, Sigmund Freud dijo que la “infancia es destino”.Si como la de estos niños fuera nuestra infancia… Si así fuese nuestro destino…
María Teresa Mézquita Méndez

SEGUNDA QUIMERA Salas 6 y 7
VOLUMEN Y CADENCIA

El trabajo de un artista es invariablemente un asomo a sí mismo; pero, cuando este artista además logra comunicar, es fácil imaginar que la composición de los elementos, acompañantes de su cotidiana intimidad, sea idéntica a la de su obra. Los objetos que plasma son extraídos de su escenografía familiar, pero también de la mitología plástica que ha diseñado cuidadosamente a lo largo de los años.
En la paleta de Álvaro Santiago, se puede entrever su origen oaxaqueño porque están irremediablemente presentes los colores de su tierra, de las hojas cuando están secas y cuando no, de los ánimos cuando están verdes y cuando no. Sin embargo, a pesar de esa característica de arraigo, él es poseedor de una iconografía personal fuera de los estándares de la llamada escuela oaxaqueña de pintura. Este rasgo afortunado lo ha forjado a partir de una clara observación de sus propios deseos de encontrar una voz estética que lo complazca y del hambre de ver, de conocer, de descubrirse, sin temor al hallazgo.
Como resultado del esfuerzo creativo, la geografía de los cuerpos que Álvaro concibe tiene volumen y cadencia; son muy atractivos y se pueden acariciar. Son dóciles y ágiles, a pesar de su corpulencia, y en ello se concentra la mayoría de la carga de libertad y ligereza que se ve impresa en toda su obra.
Una vez que su iconografía nos es familiar, esos rostros hieráticos se convierten más en un espejo que en un enigma. Los personajes a los que pertenecen estos rostros, así como sus demás motivos recurrentes, transfiguran a composiciones casi oníricas, donde cohabitan objetos que levitan, seres que reflexionan en distintos planos o desafían la ley de la gravedad.
Finalmente, Álvaro Santiago, como buen creador, no puede evitar ser autobiográfico, pues su silueta se insinúa repetidamente y siempre aparece como testigo omnipresente de sus propios relatos, como si no quisiera perderse ni un minuto de su propia existencia, ni en la realidad ni en su vasto mundo imaginario. Por eso, cada cuadro narra un instante de su vida, a manera de pieza de un rompecabezas que estará completo el día último que deje de crear.
Julen Ladrón de Guevara

EL ROSTRO DE LA PLÁSTICA 1974 - 2011 Salas 9 y 10

El retrato es un proceso de trabajo, aprendizaje, un diálogo, inclusive de silencios, unaconversación de miradas, de intensidades, en la que siempre hay un espacio para la ternura yla vida.Sin duda, Rogelio Cuéllar estaría de acuerdo con esta afirmación de su admirado Karsh: “El corazón y la mente son las verdaderas lentes de la cámara”.El misterio que el retrato parece revelar va del deseo a la mirada a la imagen. Quizás de ahíderive la confesión de Skrebneski sobre que los retratos son las fotografías más íntimas. Perono sólo la intimidad entre el fotógrafo y el retratado; también la intimidad puesta en juego delespectador.Por eso la insistencia de Rogelio Cuéllar cuando alguien papalotea y no pone atención a lacámara: “Si no me mira, no hay foto”. El contacto. El diálogo, el tacto de miradas. Sinestesias del deseo. ¿Acaso no decía sor Juana “óyeme con los ojos”? El retrato: desnudez, transparencia, encuentro de miradas: el goce restituido: convergenciasde luz.
Para Rogelio Cuéllar hay una fascinación por retratar creadores: “Aprendo mucho de ellos, me inquietan, me motivan. Aunque conozca su obra, el libro, el cuadro, la escultura, estoy ante un universo desconocido y mi encuentro con ellos es un misterio del que surge una riqueza maravillosa”.“En mi trabajo con los creadores no existe la fotografía construida. Busco que nuestro encuentro sea muy cotidiano, muy familiar, y esto me permite hacer un trabajo transparente. Las personas que fotografío logran verse a través de mis retratos. Para lograr esto debo conseguir un diálogo, una comunicación a manera de complicidad con los creadores para no sólo obtener una fotografía circunstancial. Ellos saben lo que busco: no es tanto la pose sino mostrarlos de forma que su retrato pueda ser perpetuo, con luz natural, sin artificiosidad. ”
VIBRACIONES MINERALES Salas 11 y 11 bis
UN CIERTO PERIODO

Sin duda, el tiempo es un cauce que todo lo llena. Arno Avilés nos ofrece una muestra que representa su búsqueda e interacción con las artes plásticas en un periodo de aproximadamente diez años de trabajo y que resulta un registro de la exploración de su lenguaje escultórico, el cual refiere lo abstracto, lo orgánico, lo figurativo. El trabajo que realiza podría entenderse como un arte clásico, en cuanto a que toma como punto de partida la reflexión y el uso de formas simples, planteamientos básicos del arte de cualquier época: el círculo, la línea recta, la espiral, la columna… Además, la disciplina a la que recurre para su discurso es la talla en piedra, que supone un reto en sí por su rigor y exigencias, un arte milenario y universal que ha registrado el paso de la humanidad sobre la tierra.
El trabajo de Arno persigue constantemente una confrontación hacia su propia percepción: se plantea retos deliberados con la materialidad contundente del mineral.
Proyectadas las ideas, da un cuidadoso seguimiento a su ejecución, sin apurar, sin dar lugar a precipitaciones, en una labor que se antoja cuando menos desfasada para las exigencias de este tiempo. El paso del cincel y el martillo no cesa; a veces, es intermitente, pero al cabo llega a la cita, al punto donde la piedra indica, y obtiene la pieza del proceso del trabajo plástico, que resulta ser parte de un trayecto que no concluye, aunque de vez en vez deja registros en el tiempo.
Puede decirse que Arno Avilés es un artista convencional, en el sentido de que busca la elegía, dirige su vista hacia el misterio, cree en las evocaciones inspiradoras, y es impulsado por el juego y por el gusto.
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